¿Por qué menospreciamos a la retórica?

Jaime Antonio Gómez Mandujano

Una respuesta inmediata es la siguiente: porque no comprendemos con claridad el término retórica. Y es correcto, regularmente la observamos con una visión parcial y distorsionada. Por costumbre señalamos que lo 'retórico' es aquello que constituye palabras vacías, sin sentido, sin contenido alguno. 

Esta noción tiene su origen en la ancestral discusión tejida en la antigüedad griega, entre los creadores de la retórica -los sofistas- y Platón. La idea se origina de la teoría de la verosimilitud acuñada por Córax de Siracusa, uno de los dos primeros autores del tema -junto con su discípulo Tisias- que proponía que los jueces, encargados de los juicios de restitución de tierras a los ciudadanos despojados durante la tiranía, decidían guiados más por aquello que parecía la verdad que por la verdad. El giro, que en la noción platónica toma tal aseveración, es que la retórica, en el extremo de dicha teoría, era manipulación y engaño, contraria a la verdad.

Algunos de los diálogos de Platón -Protágoras, Gorgias y Fedro- se constituyeron así en documentos que condenan severamente la supuesta falta de compromiso de la retórica con la verdad. Algunos sofistas, al extrapolar las habilidades verbales de sus discípulos, acendraron este diferendo y contribuyeron a la separación de la retórica y la filosofía. Así, la retórica se convirtió en una disciplina paria, hasta que fue retomada por Aristóteles quien la redimensionó y heredó un amplio estudio de sus alcances.

Es a partir del pensamiento aristotélico que se constituye una verdadera teoría retórica que paulatinamente desplegará su influencia no solamente en el campo de la oralidad, sino también en el de la escritura. Así, los géneros discursivos de la retórica abarcan áreas tan diversas como la literatura (recuérdese que la novela, el cuento y la narrativa en general son géneros eminentemente discursivos); la academia (el ensayo, la tesis, la tesina, son géneros discursivos); y, la materia judicial (la demanda, la sentencia, etcétera, que también constituyen géneros discursivos), entre muchas otras, propiciando que la retórica se constituya en una verdadera ciencia del lenguaje. 

Es precisamente de ese estudio aristotélico que autores como Paul Ricoeur (1), advierten que es posible deducir tres teorías integrantes de la retórica: primeramente, una teoría de la composición del discurso; segundo, una teoría de la elocución y, tercero, una teoría de la argumentación. Se tiene de esta manera un campo muy amplio de lo retórico, al grado de que como propone Antonio López Eire, se puede hablar de una retoricidad del lenguaje (2), eso es, que todas las formas de expresión lingüística recaen en alguno de los campos que estudian las teorías de la retórica. 

De ahí que en nuestro tiempo el redimensionamiento de la retórica en nada se acerque a la noción originaria repudiada por el pensamiento platónico. Se trata entonces de una inexactitud en el tiempo, que se acendró a partir de la noción del pensamiento cartesiano que postula como verdadero solamente aquello que es demostrable, noción que afirma el procedimiento científico, pero que en resumen privó al ser humano de una de las principales funciones del idioma: su función comunicacional. En efecto, la imposibilidad de demostrar creencias compartidas, opiniones, emociones, por su intangibilidad, hizo imposible su sostenimiento en cualquier polémica. Privó al ser humano de la noción del mito que, como afirma Ernesto Grassi, es el origen de todo lenguaje demostrativo.

Grassi señala que existen dos tipos de lenguaje: el lenguaje racional y el lenguaje semántico. En Grassi existen diferencias sustanciales en la estructura de los dos lenguajes: �??el lenguaje racional es dialéctico, mediador y demostrativo, apodíctico, mientras que el lenguaje semántico no tiene mediaciones, es indemostrable, iluminador, puramente indicativo�?�. Y afirma que �??[�?�] la palabra originaria, inmediata, ahistórica, semántica, es la palabra del mito y [�?�] pertenece al mundo sagrado, religioso, mientras que la palabra mediada, procesal, demostrativa y fundamentadora (apodíctica) coincide con el logos [�?�] el mythos fundamenta el logos [�?�] el mundo indicativo fundamenta el mundo demostrativo, con lo cual se muestra una primera insuficiencia del lenguaje, que en su forma racional no es capaz de expresar lo originario.�?�[3] Por ello lo opinable, lo posible, lo probable, precede argumentativamente a lo demostrable.

En este sentido las formas del lenguaje semántico y del lenguaje racional, del lenguaje inspirado en el ethos o el pathos y su vinculación con el logos, encuentran cabida en el ámbito de la retórica. El problema es que en un primer momento, la marginación de la retórica -que ocurre en el medioevo- reduce ésta a una sola de sus teorías: la teoría de la elocución, limitándola incluso a una teoría de los tropos. Así, la idea de retórica que se deriva al mundo moderno es el de una retórica reducida, equiparable casi exclusivamente a la poética. 

La rehabilitación de la retórica en tanto teoría de la argumentación, impulsada desde principios del siglo XX y más determinantemente en la segunda mitad, a partir de los años 50, comete un segundo error: reduce la rehabilitación solamente al ámbito del logos y margina el ethos y el pathos. Así, las propias teorías de la argumentación (como la teoría estándar, encabezada por Robert Alexy y Neil MacCormick; como la pragmadialéctica, postulada por Van Eemeren y Grootendorst; como la teoría de la argumentación de Atienza; y como las propuestas de los propios precursores, como Perelman y Olbrechts-Tyteca, Toulmin y Viehweg) reconocen su fuente retórica, pero igualmente en una retórica reducida. De ahí que en nuestro argot se construye una noción de retórica como argumento de ornato, destinado al ámbito de las emociones. 

Por eso muchos abogados y académicos relacionan la retórica con la noción de argumento falaz, ignorando que la retórica es esencialmente logos. de ahí que cuando expresan una teoría, plasman una idea sustentada en sólidas bases legales o probatorias, están -aunque les cueste admitirlo- haciendo uso de la retórica. A esta noción se suma la del recurrente discurso demagógico utilizado sin discriminación en las épocas de predominio autoritario, que reducen la función de la retórica al discurso de propaganda y que nos han enseñado que hablar en público es 'retórica' en su sentido peyorativo. De ahí que la noción de retórica como argumento falaz esté más que replicada, aunque no fundamentada.

Si asumimos que la retórica es en la actualidad una ciencia del lenguaje con un campo de operación y regulación sumamente amplio, integrada por las teorías antes mencionadas, cuya fuente argumentativa reside en el ethos, el pathos y el logos, indudablemente estamos ante la noción de que todo exposición lingüística es eminentemente retórica. El abogado que postula como solución argumentativa en las audiencias judiciales la positividad normativa de sus razonamientos, no hace más que enfatizar la función del logos en la construcción de los argumentos. Pero no suprime el contenido retórico de éste.

El margen de las expresiones orientadas al auditorio (pathos) o provenientes del argumentador (ethos) se restringe o no en razón de las necesidades de su uso, del contexto, del tema que se aborda, de la estructura misma del discurso. No es una camisa de fuerza, que se tiene que usar necesariamente y en todos los casos, aunque se piense que es así. De ahí que la negación de la retórica y de lo retórico es resultado de la ignorancia, de no comprender las dimensiones éticas, patéticas y lógicas que la integran. Señalar, por tanto, como recurrentemente se hace, que una expresión es retórica o no lo es, constituye una perogrullada, por decir lo menos. Lo que sí, una afirmación de esa índole no implica otra cosa que un desconocimiento supino del campo de estudio de la retórica. 



(1) Ricoeur, Paul, La metáfora viva, 2ª edición, Editorial Trotta-Ediciones Cristiandad, Madrid, 2001.
(2) López Eire, Antonio, �??La naturaleza retórica del lenguaje�?�, en Logo, Revista de Retórica y Teoría de la Comunicación, Año V, Especial, números 8/9, Junio/Diciembre 2005 p. 9, ISSN 1577-5089.
(3) 
Grassi, Ernesto, El poder de la imagen: Rehabilitación de la retórica, serie Humanismo. Autores, Textos y Temas, número 16, 1ª edición, Anthropos Editorial, Barcelona, 2015, pp. 84-85.

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